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EL CUENTOMETRO DE MORT CINDER

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107 • EL CLAVEL

 

Martes, 25 de diciembre de 2001

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-¡Mamá, mamá! -gritaba Arturito llegando a las casas a la media rienda de su caballo el Piche, un lejano atardecer de febrero -Mamá, mamá, ¡mirá el cachorro que me regaló doña Rosa!. Y ante los ojos de doña Magda y de Olfito, su otro hijo, que han salido al patio un poco sobresaltados por los gritos, aparece la rara figura de un perro de pocos días, entre bataráz y barcino, que gime lastimero entre las manos regocijadas del muchacho.

-Oh qué bonito! Y cómo te han regalado un cachorro tan lindo? -en realidad, el animalejo es más bien tirando a feo, pero como doña Magda sabe que esa y únicamente esa es la opinión de su hijo, lo dice sabiendo que con ello le causa otra gran alegría. Olfito, mientras tanto, lo ha tomado en sus manos y lo dá vueltas de aquí para allá, como investigándolo, pues a él le parece, si no se equivoca, que ese perro debe ser un gato por el color. Mario y el Negro, hermanos de doña Magda, y también la sirvienta, han formado parte de la rueda que sólo tiene frases admirativas para la estampa del perrito que, asustado, trata de disparar de entre las manos que lo sostienen. Después de una breve deliberación se decide darle de comer, razón por la que todos los presentes se dirigen a la cocina a preparar una mamadera, porque, como dice Arturito, no es cuestión de que ahora se le muera de hambre. ¡Que embromar!.

Luego que se hubo alimentado debidamente y con la pancita hinchada, aparecía con una figura más ridícula aún, a pesar de que a los chicos, que lo miran caminar sobre la mesa con la colita en alto, les parece cada vez más lindo. Doña Magda, que más que al perro, contempla la alegría de sus hijos, opina que sería necesario buscarle un nombre bien lindo, "como se merece".

-¡Claro! - dice Olfito- le llamaremos Galaor, como al...
pero su hermano le interrumpe medio encrespado: -¡Que Galaor ni Galaor! el perro es mío y ese nombre no me gusta. Yo le quiero poner uno más lindo.
-¡Ahá! ¿Y cual?-
pregunta Olfito.
Y Arturito, luego de pensar un momento, exclama categóricamente: -Y...Clavel. ¡el Clavel!
A pesar de que su hermano se le ríe diciéndole que "eso" es un animal y no una planta, lo cierto es que se le puso Clavel, y así siguió llamándose por el resto de sus días. Y de ese modo fué como ingresó a la gran familia canina de la Estancia, este nuevo exponente de su raza, barrigón y descolorido.

Los dos chicos, olvidada ya la disidencia sobre el nombre, se desvivían por cuidarlo y por que nada le faltara, a pesar de lo cual hubo que llamar repetidas veces a la junta médica, representada por don Cipriano, el abuelo, debido a que a los muchachos se les había ido la mano en la mamadera y el vientre del cachorro amenazaba reventar como un maíz frito. Y así, entre empacho, retos y cucharadas de aceite, el Clavel se fué haciendo perro y demostrando una vocación extraordinaria hacia la caza de alimañas que, como siempre, poblaban los alrededores. Poco a poco fué cimentando su fama de cazador infalible, aunque para ello debió sostener en más de una oportunidad, serios encuentros subterráneos, acuáticos y terrestres contra zorros, vizcachas, comadrejas y hurones, que fueron dejando en su rara pelambre pequeños baldíos que demostraban bien a las claras, el paso de alguna dentellada mas o menos criminal. Con estas marcas que significaban otras tantas condecoraciones conquistadas a fuerza de coraje, el Clavel llegó a hacerse imprescindible en cualquier cacería. Lo llamaba el abuelo para su campaña desratizadora organizada contra el piso del gallinero y lo buscaba doña Magda en cada higienización mensual de la despensa. Y el tío Nicolás, que llegaba de lejos para Semana Santa, lo llevaba en su regio automóvil a la loma del carancho en busca de un zorro o al paso a nivel del ferrocarril vecino en cuyos tubos había habitado, hacía muchos años, un soberbio gato montés.

Jamás le había gustado la compañía de los ovejeros ni se metía nunca al corral a trabajar con ellos. Puede que esa labor le resultara denigrante, pero, cierto es también que en cierta oportunidad el capataz lo había corrido con un arco de tina porque mordió una oveja. El no comprendía la lucha si no era para herir o matar. Había nacido guerrero, era de otra estirpe. Por eso andaba siempre solo hasta en aquella vez que regresó a las casas con la cola quebrada. Estaba Arturito tomando mate una mañana en la cocina, cuando, al verlo pasar frente a la ventana notó que algo raro le pasaba. A primera vista no podía precisar qué era lo que le llamaba la atención, pero era indudable que algún percance debía haberle ocurrido, pues lo encontraba desmejorado en extremo. Lo observó detenidamente y de golpe, como frente a una triste realidad, se le escapó un grito mezcla de rabia y pena: -¡Me caigo!... ¡si me le han roto la cola a pedacitos!

En efecto, la cola del Clavel, antes fina y graciosamente curvada hacia arriba, aparecía ahora lastimosamente hinchada y con más vueltas y curvas que sendero de montaña. A pesar de todas las averiguaciones que se hicieron, jamás pudo saberse la identidad del autor del desastroso hecho, motivo por el cual siguió gozando de la más infamante impunidad. Lo cierto es que, como no pudo entablillarse, aquel hermoso apéndice quedó en tan malas condiciones que al mirar a su poseedor caminando entre los yuyos, no podía asegurarse si lo hacía para adelante, para atrás o para los costados. Pobre Clavel, parece como si el disgusto que le causó esa desgracia hubiera marcado el comienzo de su declinación. Día tras día fué perdiendo su costumbre de salir al campo y cuando lo hacía era junto al coche de doña Magda, a cuya puerta velaba de noche como un valeroso guarda de Corp. Los años empezaron a pesar sobre su lomo, los colmillos estaban cada vez más gastados y sus potentes mandíbulas habían perdido ya aquella precisión de otros tiempos, que se fueron para siempre, junto con su gloria y su juventud. Además estaba perdiendo su fama de cazador valiente y certero.

Cierta vez, con su pequeño corazoncito brincándole en el pecho, oyó que alguien que corría tras una comadreja, en vez de llamar -¡Clavel, Clavel! como otras veces, había gritado: -¡Boca, Boca!.... el torpe galope que había iniciado hacia el campo de batalla fué detenido en seco, como si la pena de verse olvidado hubiera abierto un abismo ante su cuerpo envejecido de años y maltrecho de peleas. Quiso ladrar, aullar, protestar ante la ofensa que acababa de inferirse a su orgullo de guerrero, pero las fuerzas le faltaron. Gruñó sordamente, metió su miserable cola entre las patas traseras y luego, con la cabeza y los ojos gachos, volvió lenta, tristemente, a guarecerse en su pasto puna del patio que, como el rancho del criollo, lo cobijaba del viento, del frío y de la vergüenza de su derrota.

Y una mañana, de cielo azul y de sol brillante, en que toda la naturaleza parecía renacer al cálido llamado de la Primavera, uno de los hermanos de la patrona lo encontró muerto, tendido a la costa del arroyo, debajo de unos sauces que con sus copas unidas sobre el centro de la corriente, parecían dos manos juntas rezándole una plegaria. Allí mismo se cavó una fosa y se le dió sepultura y fue su misa de Réquiem el canto de los pájaros y la pena de sus dueños que, al verlo desaparecer bajo la pesada capa de tierra, sintieron que con él acababa de irse también el recuerdo de una época y la evocación de la infancia.

Y si los perros tuviesen también un Cielo y el alma del Clavel pudiera llegarse hasta la Estancia, podría comprobar que en el fondo de los corazones de quienes le conocieron se ha levantado un monumento a su memoria, con un pedestal de reminiscencias perdurables y unas letras muy grandes que dicen: LEALTAD - INTELIGENCIA - VALENTIA


RODOLFO HECTOR SILVERIO CARRERA