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848 • LAS DOS HACHAS

 

Jueves, 17 de junio de 2004

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Petición de Juan Lana, carpintero, a Cunin Gridaine, ministro de comercio francés por una medida del año 1834.

Se me opondrá diciendo:
- Amigo, quisiera protegerte, como a mis compañeros: pero ¿cómo puedo conceder favores en la aduana al trabajo de los carpinteros? ¿Deberé prohibir la entrada de las casas por mar y tierra?

Esto no pasaría de ser una burla; pero a fuerza de pensarlo he descubierto otro medio de favorecer a los carpinteros, y espero que la tomará con gusto, pues no difiere en nada del privilegio mismo por el que vota cada año: este medio maravilloso es, el de prohibir en Francia el uso de las hachas afiladas. Digo... que esta restricción no es más antilógica, ni más arbitraria. que aquella a la que me somete con motivo de la tela:
- ¿Por qué expulsar a los belgas?
- Porque venden más barato que Ud.
- ¿Y por qué venden más barato que Ud.?
- Porque como tejedores son superiores.
Entre Ud. y un belga, hay la misma diferencia que entre un hacha sin filo y un hacha afilada; y ¿me obliga a mí, carpintero, a comprar el producto de un hacha sin filo?

Considere a Francia como un obrero que quiere obtener con su trabajo todas las cosas, y entre otras una buena tela. Para ello tiene dos caminos: uno es hilar y tejer la lana, y otro es fabricar, por ejemplo, relojes, papeles pintados y vinos, y entregarlos a los belgas a cambio de una buena tela. El procedimiento que le dé mejor resultado, puede representar el hacha afilada; y el otro el hacha sin filo.

No niega que en Francia se obtiene con más trabajo una pieza de género de una tejeduría (ésta es el hacha sin filo) que de una cepa de viña (ésta es el hacha afilada.) Tanto no lo niega que justamente, en consideración a este exceso de trabajo (en el que hace consistir la riqueza) recomienda, o mejor dicho, obliga a usar la peor de las dos hachas.

¡Pues bien! Sea consecuente, sea imparcial, y trate a los pobres carpinteros como se trata a Ud. mismo. Haga una ley que diga: Nadie podrá usar tirantes y vigas que no sean producidas por hachas sin filo.

He aquí lo que sucederá al instante: Donde ahora damos cien hachazos, daremos trescientos; lo que hacemos en una hora, exigirá tres. ¡Qué fomento tan poderoso para el trabajo! Aprendices, oficiales y maestros no podremos dar abasto; seremos buscados, y por consiguiente bien pagados; el que quiera gozar de un techo estará obligado a sufrir nuestras exigencias, como está obligado a someterse a las suyas el que quiera tener una buena tela.

Y si alguna vez los teóricos del libre cambio se atreven a poner en duda la utilidad de esta medida, sabremos perfectamente donde buscar una refutación victoriosa. Ahí está su informativo de 1834: con él los batiremos, porque en él han defendido admirablemente la causa de las prohibiciones y de las hachas sin filo, que son una misma cosa.

FREDERIC BASTIAT (1801 - 1850)